Como un enorme ramo de rosas blancas
tu recuerdo que me acompaña.
Te soy deudor de tanta luz
que me sobra espacio y me sobra tarde;
todo se llena con tu nombre
que voy diciendo, Laura.
Sombra de mar la voz que te llama
y viento de sueños la mirada,
pienso el silencio encarcelado
en los acordes de una guitarra,
y todo se llena con tu nombre
que voy diciendo, Laura.
Tanta esperanza compartida
posibilita aún más la esperanza.
El tiempo se desliza a través
del armonioso tornavoz de las palabras,
tal como se desliza a través de tu nombre
que voy diciendo, Laura.
Todos los caminos para acogerte,
todos los ecos para añorarte
y tu sonrisa convertida en canción
mucho más allá de la tristeza,
para mecerme con tu nombre
que voy diciendo, Laura.
Te sé muy lejos pero me invitas
con los ojos claros a recordarte
y ahora con gesto desmesurado
hago de tu gesto mi espejismo
para perderme siempre en tu nombre
que voy diciendo, Laura.
“Rosa Blanca” fue realizada en el año de 1961 con un guión elaborado por Roberto Gavaldón y por el escritor y dramaturgo Emilio Carballido. Su argumento se basó en un cuento del escritor B. Traven, en el cual se relata la forma en que la población Rosa Blanca, ubicada en la costa del Golfo de México, fue saqueada por la empresa estadunidense Condor Oil Company Inc., debido a la extracción de miles de barriles de petróleo.
A principios del siglo XX, un campesino mexicano sufre las presiones y humillaciones de una compañía petrolera extranjera para que venda su tierra. Él se niega, a pesar de perder a miembros de su familia en su lucha por conservar su hogar.
“Rosa Blanca” refleja la actitud inmoral en el empleo de los recursos más bajos para convencer a los habitantes de esa población en vender sus propiedades por pequeñas cantidades de dinero. Esta película fue censurada y permaneció enlatada por once años, esto debido a su clara denuncia de las arbitrariedades que eran permitidas a las compañías extractoras de petróleo antes de 1938.
La película fue producida en 1961, durante el mandato de Adolfo López Mateos. Censurada en aquel tiempo por intereses políticos, el largometraje no pudo ser proyectado hasta el año de 1972.
Así terminaba su última carta Julia Conesa, una de las jóvenes fusiladas por los franquistas en el llamado caso de las 13 rosas... tenía 19 años.
Trece rosas rojas, como se tituló el documental que realizó sobre ellas Carlos Fonseca.
Pero, aun no siendo el pensamiento o la ideología razón para incriminar a nadie, hasta esta afirmación era falsa, como falso fue el motivo alegado por las autoridades golpistas para condenarlas y falsas las justificaciones.
"Juro aplastar y hundir al que se interponga en nuestro camino" afirmaba el dictador en sus discursos. Al día de hoy desgraciadamente sabemos que cumplió a rajatabla sus amenazas... de las 13, siete eran menores de edad.
Carmen Barrero Aguado, Martina Barroso García, Blanca Brissac Vázquez, Pilar Bueno Ibáñez, Julia Conesa Conesa, Adelina García Casillas, Elena Gil Olaya, Virtudes González García, Ana López Gallego, Joaquina López Laffite, Dionisia Manzanero Salas, Victoria Muñoz García y Luisa Rodríguez de la Fuente. Modistas, pianistas, secretarias, activistas, demócratas, mujeres... fusiladas.
Blanca, la mayor de todas, casada y con un hijo, Enrique, pertenecía a una familia de derechas que acultó a éste durante 16 años la existencia de una carta que la joven dejó antes de recorrer el camino al cementerio del Este, donde fueron fusiladas las 13 jóvenes, junto con otros 43 hombres, por su supuesta pertenencia a la Juventudes Socialistas Unificadas: “Voy a morir con la cabeza alta… Sólo te pido… que quieras a todos y que no guardes nunca rencor a los que dieron muerte a tus padres, eso nunca. Las personas buenas no guardan rencor… Enrique, que te hagan hacer la comunión, pero bien preparado, tan bien cimentada la religión como me la cimentaron a mí… Hijo, hijo, hasta la eternidad…”.
“Nada es mas indigno para un pueblo civilizado que dejarse "gobernar", sin oponer resistencia, por una camarilla irresponsable que se deja llevar por sus bajos instintos”.
Con esta frase se iniciaba el que sería el primero de los siete panfletos redactados por un grupo de estudiantes cuya acción consistía en hacer oposición al nacismo dentro y fuera de la Universidad donde estudiaban, a través de la distribución clandestina de los mismos y que se hicieron llamar La Rosa Blanca. Decía uno de los hermanos que lo componían, en el interrogatorio al que lo sometieron antes de su ejecución, que el nombre fue decidido tras la lectura de un romancero español publicado por el alemán Clemens Brentano.
El trágico final de los hermanos Scholl, guillotinados los tres, ha sido plasmado en libros y películas del mismo nombre y mil veces comentados en páginas y foros de internet, haciendo especial hincapié en la figura de la hermana, Sophie, por lo que sería absurdo entrar en pormenores, anécdotas o fechas de lo que ocurrió.
Pero cuán orgullosa me sentí el día que buscando mi nombre en esas páginas confiando hallar alguna similitud que me inspirara a comenzar este blog o alguna imagen que lo acompañase, me encontré ante esta real, bella y trágica historia que impulsaron estos valientes hermanos, guardando la sorprendente coincidencia con mi propia familia de haber sido luchadores y víctimas contra una misma causa: el fascismo.
Mas allá de ser una coicidencia, fue todo un placer.
Cultivo una rosa blanca
en Junio como en Enero,
para el amigo sincero
que me da su mano franca.
Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni ortiga cultivo,
cultivo la rosa blanca
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- ¡¡¡Rosa, es una niña!!!
La matrona le anunciaba así de orgullosa, con el bebé aún en sus manos, que había merecido la pena dar a luz, aunque ya fuese la quinta, porque esta era distinta... había tenido una hija.
¿Y eso lo hacía diferente? ¿Sería menor la carga? ¿Tendría al fin una cómplice y testigo de su vida? ¿Sería la ayuda que necesitaba para afrontar sus días rodeada de obligaciones y de hombres?
Quizá todo eso pensaba Rosa observando a la criatura, muy lejos de caer en la cuenta de que había que escoger el nombre con que llamarla. Ya hacía cinco años de su último parto, y a sus 41 a punto de cumplir, nunca imaginó que tendría que volver a cambiar gasas, dar el pecho... empezar de nuevo.
La elección del nombre de sus cuatro varones no tuvo mayor complicación que la de alternarlos entre familiares de su marido y los suyos propios:
El primero se llamó como como su progenitor y todos sus ascendentes, manteniendo de una forma u otra una tradición de siglos.
El siguiente recibió el que compartían el padre de ella y uno de sus dos hermanos, a los que perdió junto al más pequeño, con motivo de la guerra y sus secuelas.
El tercero llevaría el de un familiar paterno.
Al último, por hacer un honor a su única hermana, lo llamarían como el marido de ésta.
Tantas veces tuvo que descartar decidir en femenino, que cuando llegó el momento, tan tardío, lo último que pensó fue en su nombre.
Su hermana y su madre, únicas supervivientes del desatre, se apodaban de la misma forma, pero la ausencia de hijas entre ambas hermanas impidió perpetuarlo.
La amiga, esa mujer que la había acompañado desde que nació el primero y cuyo útero quedó intacto, sin fruto y sin respuesta, pues la fertilidad de un hombre nunca se ponía a prueba, hubo de conformarse con ser ocho veces madrina y nunca madre. Testigos de mil bautizos con mil nombres femeninos, nunca pudo ser el de ella. Aquella que contaba que, de no ser por sus palabras, Rosa hubiese abortado a la criatura cansada ya de hijos y de cargas:
-Ya verás mujer como esta vez al menos será hembra, y como tantas otras niñas, nos llevará por padrinos.
La que había ayudado a Rosa en la crianza de sus hijos, la que le había hecho más leve aquel indeseado embarazo, la que se hubiese cambiado por ella y la hubiese engendrado en su vientre... pensó que, por una vez, poner a la recién nacida su nombre, junto al de su madre, no era pedir demasiado.
Rosa, al igual que su marido había heredado el suyo de la saga femenina de su familia paterna donde abuelas, bisabuelas, tatarabuelas... todas se llamaban Rosa.
La hermana pensaba que, siendo la única hija de la saga familiar, la pequeña debía llevar el nombre de quien la había parido, manteniendo así una costumbre de generaciones traida desde la lejana región donde nació el padre de ambas. Ni siquiera el suyo propio, aunque éste representase a las dos mujeres que conformaban la única familia que le quedaba a Rosa. No. ¡La niña debía llamarse como su madre!
Las opiniones se debatían una tras otra a espaldas de la recién parida, hasta que la tía, sostenida por el empeño de representar en su sobrina la frescura de quien embriagaría de feminidad el masculino mundo que las rodeaba, y dejando sin argumentos cualquier otra opción enfrentada, se dirigió a su hermana y le dijo: -Ni madre, ni madrina, ni tía, ni abuela. La niña se llamará... Rosa Blanca.
Y este mismo día, con ese mismo nombre, os doy la bienvenida a la que a partir de ahora será mi página y la de todo aquel que quiera entrar.