2.3.11
Rosa Blanca
- ¡¡¡Rosa, es una niña!!!
La matrona le anunciaba así de orgullosa, con el bebé aún en sus manos, que había merecido la pena dar a luz, aunque ya fuese la quinta, porque esta era distinta... había tenido una hija.
¿Y eso lo hacía diferente? ¿Sería menor la carga? ¿Tendría al fin una cómplice y testigo de su vida? ¿Sería la ayuda que necesitaba para afrontar sus días rodeada de obligaciones y de hombres?
Quizá todo eso pensaba Rosa observando a la criatura, muy lejos de caer en la cuenta de que había que escoger el nombre con que llamarla. Ya hacía cinco años de su último parto, y a sus 41 a punto de cumplir, nunca imaginó que tendría que volver a cambiar gasas, dar el pecho... empezar de nuevo.
La elección del nombre de sus cuatro varones no tuvo mayor complicación que la de alternarlos entre familiares de su marido y los suyos propios:
El primero se llamó como como su progenitor y todos sus ascendentes, manteniendo de una forma u otra una tradición de siglos.
El siguiente recibió el que compartían el padre de ella y uno de sus dos hermanos, a los que perdió junto al más pequeño, con motivo de la guerra y sus secuelas.
El tercero llevaría el de un familiar paterno.
Al último, por hacer un honor a su única hermana, lo llamarían como el marido de ésta.
Tantas veces tuvo que descartar decidir en femenino, que cuando llegó el momento, tan tardío, lo último que pensó fue en su nombre.
Su hermana y su madre, únicas supervivientes del desatre, se apodaban de la misma forma, pero la ausencia de hijas entre ambas hermanas impidió perpetuarlo.
La amiga, esa mujer que la había acompañado desde que nació el primero y cuyo útero quedó intacto, sin fruto y sin respuesta, pues la fertilidad de un hombre nunca se ponía a prueba, hubo de conformarse con ser ocho veces madrina y nunca madre. Testigos de mil bautizos con mil nombres femeninos, nunca pudo ser el de ella. Aquella que contaba que, de no ser por sus palabras, Rosa hubiese abortado a la criatura cansada ya de hijos y de cargas:
-Ya verás mujer como esta vez al menos será hembra, y como tantas otras niñas, nos llevará por padrinos.
La que había ayudado a Rosa en la crianza de sus hijos, la que le había hecho más leve aquel indeseado embarazo, la que se hubiese cambiado por ella y la hubiese engendrado en su vientre... pensó que, por una vez, poner a la recién nacida su nombre, junto al de su madre, no era pedir demasiado.
Rosa, al igual que su marido había heredado el suyo de la saga femenina de su familia paterna donde abuelas, bisabuelas, tatarabuelas... todas se llamaban Rosa.
La hermana pensaba que, siendo la única hija de la saga familiar, la pequeña debía llevar el nombre de quien la había parido, manteniendo así una costumbre de generaciones traida desde la lejana región donde nació el padre de ambas. Ni siquiera el suyo propio, aunque éste representase a las dos mujeres que conformaban la única familia que le quedaba a Rosa. No. ¡La niña debía llamarse como su madre!
Las opiniones se debatían una tras otra a espaldas de la recién parida, hasta que la tía, sostenida por el empeño de representar en su sobrina la frescura de quien embriagaría de feminidad el masculino mundo que las rodeaba, y dejando sin argumentos cualquier otra opción enfrentada, se dirigió a su hermana y le dijo: -Ni madre, ni madrina, ni tía, ni abuela. La niña se llamará... Rosa Blanca.
Y este mismo día, con ese mismo nombre, os doy la bienvenida a la que a partir de ahora será mi página y la de todo aquel que quiera entrar.
¡Adelante!
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1 comentario:
Preciosa historia,Rosa.
¡Gracias!por abrirnos un blog, donde te podremos reencontrar y leer, nuevamente.
Un abrazo
Mª Dolores
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